Robin, mi Batman


¡Oh capitán! ¡Mi capitán!

Un año después de la muerte de Robin Williams puedo afirmar que me afectó más de lo que me gustaría admitir y más de lo que debería.
Mi película favorita de la infancia era Sra. Doubtfire. Recuerdo no poder ver nunca el final porque me tenía que ir a dormir antes de que se acabara. Frustrante es poco, aún así me hacía muchísima ilusión que la pusieran porque me partía de la risa. Desde entonces, él me resultaba una seña de calidad de una película. El rato que pasas con él es un buen rato. Cuando salió la noticia del trágico desenlace todo el mundo se sorprendió de la diferencia entre lo que realmente pasaba por su cabeza y lo que transmitía al mundo. 
Pensé que tendría que decirle más a la gente lo importantes o hasta indispensables que son para los demás pero ¿Quién vive por y para los demás? No está de más oir algo bonito pero si realmente lo estás pasando mal, eso no va a cambiar las cosas.

Prefiero deciros que hagáis lo que mejor hacéis a tope mientras podáis. Robin fue muy grande porque no ahorró en su genialidad. Y, a fin de cuentas, vivir por uno mismo y no por los demás es lo que realmente resulta. A él le salía hacer reír a los demás y por eso me parece tan generoso. Me regaló muchas películas que me hacen disfrutar y unos minutos agradables me dan la vida, así que me niego a acusarle de nada ni a resaltar sus peores momentos.
Hace unos meses fui a ver El hombre más enfadado de Brooklyn y no paré de llorar en toda la película pero si me tengo que quedar con el highlight de la película o de su vida, me quedo con las tomas falsas. Ojalá mi legado fuera la mitad de esas tomas falsas, si pudiera escoger querría que se me recordara así de cachonda.
En su papel como John Keating en El club de los poetas muertos dice: "No importa lo que os digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo", pues bien, las suyas y su humor, sin duda, cambiaron el mío.

Imagen: Peter Hapak para Time

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